El día que murió un amigo, de Jorge Rodríguez

El día que murió un amigo

09 / 10 / 1967

 Se murió… gritó Javier apoyado en la ventana que daba al frente de la casa. Me quedé mudo y totalmente paralizado. Javier no había llegado a decir de quién se trataba cuando la madre lo interrumpió, Callate, entrá y apagá la radio. Él me miró fijo apenas unos segundos y antes de que llegara a darme algún otro dato, comencé a caminar. Pensé en la reacción que había tenido Teresa y sonreí, no sé realmente si fue con ironía o por ese mecanismo de autodefensa que nos lleva a realizar cosas impensadas, pero lo cierto es que sin comprender concretamente de quién estaba hablando Javier, bajé la cabeza al suelo y supe que se había muerto ese amigo.

A los pocos metros de la caminata sin destino, sin brújula ni dirección prevista, llegué a la esquina y me detuve porque un hombre mayor pasaba en bicicleta por la calle de tierra, que ese día estaba llena de barro. Sus ojos estaban humedecidos y su cara mostraba cansancio. No sé si él habría percibido que yo estaba mal pero movió la cabeza de arriba hacia abajo con los labios metidos adentro, creí yo, que intentaba darme un mensaje. Me quedé parado y respondí con el mismo gesto, siendo consciente de que él estaba penando la misma partida.

Al caminar iba viendo que algunas nubes negras se unían en un cielo gris, y en cuestión de segundos el paisaje se oscureció. No era sorprendente, en el mes de octubre suele llover bastante seguido y en ese tiempo siempre volvía mojado a mi casa, pero ese día no pensaba en los retos de mi madre. Con la cabeza agacha seguí el camino y doble en la segunda esquina hacia la izquierda. A media cuadra venían Don Julián y Doña Irma, con unas bolsas del almacén.

Buen día, me dijeron a dúo.

La mandíbula se me fue hacia adelante. Por primera vez en mi vida pensé en el significado de esa frase. ¿Buen día? me pregunté a mí mismo en silencio, y la respuesta ya estaba dicha. Mi cuerpo tembló cuando comencé a recordar todos los momentos en los que había dicho esas dos palabras sin pensarlo, sin siquiera ver la cara de los que recibían el mensaje. Buen día  dije casi gritando, con bronca, con una sonrisa en mi cara y la cabeza moviéndose de un costado hacia otro.

Cuánta gente caminando como si nada, pensé, cómo el mundo continúa su rumbo, cómo sigue la vida, cómo seguiré yo. Seguí caminando.

Los faroles de la cuadra se encendían sin comprender el reloj, y las primeras gotas me golpearon la frente. No sé si fue producto de que el agua llamara a la humedad de mis ojos, pero comencé a lagrimear. No tenía miedo de ser visto, las gotas se mezclaban con aquellas lágrimas que caían pesadas sobre las mejillas, creadas por la impotencia de no saber, de no comprender de lleno qué había pasado.

Se murió. Las palabras de Javier me retumbaban en la cabeza todo el tiempo. Cuando me quise acordar había caminado más de ocho cuadras y me encontraba cerca de la estación de trenes. Pasé por un puesto de diario, y otra vez oí la frase en voz de diariero. No quise responderle ni tampoco mirar los diarios, contradiciendo la idea de que si lo hacía podría haber confirmado en ese momento si la noticia se trataba de quién yo pensaba; mi amigo.

Un grupo de pibes del colegio pasó corriendo por la vereda de enfrente, me saludaron y yo levanté la mano sin mirarlos. Allí recordé la primera vez que había conocido a mi amigo. Fue en la plaza del barrio, que ya ni recuerdo el nombre. Estábamos sentados en un banco juntando las bolitas que ya habíamos tirado al piso. Manuel volvía a armar el opi y Adrián, con un palito, marcaba con una línea el límite para que podamos tirar. Antes de que la vuelta comenzara, Pablo se sentó en el banco y nos lo mostró. Me acuerdo que, por lo menos yo, me reí al verlo, pero a la vez  sentí una intriga muy grande, creo que también era porque Pablo hablaba muy bajito. Enseguida Pablo se levantó y se fue. Nosotros nos quedamos extrañados, confundidos, pero luego de unos segundos Manuel dijo una estupidez y todos empezamos a reír. Nos parecía muy raro ese hombre. Su cara estaba tiesa, la barba revuelta y una sonrisa le mostraba felicidad pero  se contradecía con la ropa puesta. Me acuerdo que Adrián dijo: No puede estar contento vestido de guerra, dejate de joder, este Pablo trae a cada uno acá. Ahí todos volvimos a reír. Cuando llegué a mi casa le conté a mi hermano de ese hombre que nos había presentado Pablo, pero me prohibió hablar de él. Creo que fue esa rebeldía que uno lleva de pibe la que hizo que ese pedido de mi hermano se convirtiera en la llave justa para que yo, a partir de ese día, me interesara por él.

Al cruzar las vías del tren el paisaje era otro, mucho más despoblado. Seguí caminando y empecé a recordar aquella amistad. Como él, todo era raro en nuestra relación. Las amistades no se cuestionan cuando se sienten, pensé, como tampoco el amor; los sentimientos son productos singulares que dominan, en algunos aspectos, la irracionalidad. Qué extraño es tener un amigo a la distancia, qué raro es que ese amigo no me hable directamente a mí, que no me conozca, pero que yo lo quiera como a pocos. De hecho, hoy muerto, lo estoy llorando sin que él sepa, ni su familia, ni nadie de su vínculo. Qué raro todo… ¿por qué a él, por qué? Bueno, por lo menos no tengo que sentarme en una sala velatoria a escuchar las boludeces de esos viejos que hablan de más. Claro, voy a escuchar cosas peores, pensaba, mientras los pasos se hacían más lentos.

Por un instante, en la décima cuadra desde la estación, algunos recuerdos sobre ese amigo me golpearon de lleno el pecho. Lo peor, en ese momento, no era esa pregunta que casi siempre se convierte en parte de los misterios más grandes de la humanidad, sino la respuesta. En ese caso estaba respondida. Era tan clara, tan divulgada, que lastimaba aún más el sentimiento de pérdida que cargaba en mis espaldas. Sin embargo, volvía a preguntar, ¿por qué?

Seguí caminando.

Llegué a la plaza San Benito, y me senté en el banco que estaba menos mojado, a pesar de que seguía lloviendo. La camiseta la tenía pegada al cuerpo.  Sin el intento de buscar una explicación pero como si algo místico o directamente misterioso me indujera a tenerla para poder al fin volver a la casa de Javier y hablar con él sobre todo esto, vi a un hombre sentado en un banco de enfrente. Tapado con mantas, mojado tanto como yo, descalzo, con arrugas en toda la cara, el pelo sucio, me miró. No comprendí realmente qué me estaba pasando pero no le tuve miedo, a pesar de que siempre nos enseñaban a alejarnos de esa gente. Me pregunté ¿qué significa “esa gente”, son distintos a nosotros? Me quedé sentado en el mismo banco y él también, pero seguíamos en contacto visual. Yo observaba cada cosa que traía. Lo primero que me había llamado la atención era su ropa, vieja y prácticamente destruida. No sé cuánto tiempo pasó hasta el momento en donde, por suerte para ese día, lo pude mirar a los ojos. Primero distinguí el brillo y lo enrojecidos que estaban. Pero luego de la imagen me encontré con la mirada. Al lograr el máximo poder de observación, sentí la pena de una vida dura. Sentí el fracaso que lo machacaba a diario, sentí la indiferencia, la exclusión, el trabajo sin descanso, sentí el dolor. Sentí una tristeza absoluta y sentí el silencio de las demás personas que pasaban por la plaza. Sentí, claro estaba, la soledad, el augurio de ese hombre al que todos ignoraban y en peor caso, él, sin darse cuenta, los atemorizaba. Me encontré con la pobreza total y con la desigualdad, en medio de un viaje al interior de él y de mí mismo, de todas las personas, del cambio en mi vida, de una nueva manera de sentir. Ahí lo vi a él, a mi amigo. Volví a pensar por un instante en lo extraño de las relaciones de amistad, sabiendo que mi amigo era amigo de ese hombre, pero a la vez ese hombre no lo conocía, era la contraposición a lo que me estaba pasando. Pensé, qué locos los sentimientos.

Volví a la imagen transportada en la mirada y lo encontré con el traje de lucha que se había transformado en su distintivo, con los libros en la cartera, con una sonrisa orgullosa, con un grito mediante un brazo en alto, lo vi, lo vi a él con la barba y el verde a sus espaldas, lo vi y comencé a lagrimear. Ahí, en donde esos ojos enrojecidos se convertían en una especie de pantalla, supe con un poco más de claridad, obviando a esa pregunta clásica que había caminado a mi lado durante toda la mañana, que ese 9 de octubre de 1967 se había muerto un amigo. Ese amigo, extraño, al que no conocía de lleno, pero que era mi amigo. Volví a la imagen de Javier en la ventana con los ojos vidriosos y a Teresa asustada, con el miedo de que Javier lo nombre. Todas esas fichas cayeron inmediatamente en mi cabeza y al fin pude comprender, tristemente, el por qué murió mi amigo.

Jorge Ezequiel Rodríguez

Cuento del libro “En la noche de dos lunas”

Libros: Rosas blancas (novela / 2015), En la noche de dos lunas (cuentos – poesía / 2015), Como un niño que sueña (poesía / 2016) publicados por Creando Maravillas Ediciones.

 

 

 

 

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