Cuando se perdió mi hijo

Estábamos en la plaza, la del barrio, esa que de a poquito fue perdiendo el encanto de tardes de domingo a plena luz del sol, por descuidos municipales y también por rutinas aceleradas y por culpa del ocio, a mi parecer, mal apuntado. Era la misma plaza que me acompañó de niño en incontables historias y leyendas en voz de la imaginación o de la realidad, de cultura por anécdotas de tierra, o vivencias de la calle más sana, quién sabe. A los recuerdos se los va tallando de tal modo que no sabemos cuán cierto es lo que se cuenta, cuánto de ello ocurrió realmente, y la verdad es que poco importa, lo notable es que eso queda guardado en ese lugarcito que tenemos los seres humanos de nostalgia y de palabras sentidas, los que creemos haber vivido sin dejar pasar el tiempo, los curiosos, los inquietos, los soñadores, los haraganes, los sonsos de pantalones estirados por arriba de la cintura, o los de los cortos manchados por un barro que se apropió de la prenda, las malas palabras y los retos, la piedra en una frente que queda tapada unos cuantos días, la pelota contra un vidrio, el resbalón del cordón, la lluvia que hace correr, los malos tragos, los buenos, los días de treinta y cinco horas, las noches de descanso, las cargadas que hacen reír y las que duelen, los apodos, el llamado de una madre a los gritos porque la comida se enfría, los saludos con la mano sin necesidad de un beso o de un abrazo.

Estábamos en la plaza. Al llegar buscamos un lugar con sombra, y debajo de un árbol ancho, con la copa grande, estiré la manta y puse algunas de las cosas que llevamos ese día. El equipo de mate, un muñeco del Hombre araña y un camioncito de juguete carguero, en el caso de éste, cargaba tierra y la llevaba de un lugar a otro. Como el camión no funcionaba, se le había roto el motor, me contaba Emiliano, lo empujaba el Hombre araña. Y yo recostado, con la mitad de la espalda apoyada en el árbol y las piernas cruzadas una arriba de la otra, veía cómo ese muñeco superhéroe llevaba al camión hasta un lugar, y una vez que cargaba la tierra, la descargaba  en otro un tanto más lejos. Como el Hombre araña no podía hacer el trabajo solo, Emiliano lo ayudaba. Al terminar, el Hombre araña, exhausto, se sentaba a descansar al lado nuestro, en la sombra que daba el árbol, pero sin cruzar las piernas, él no podía, sólo se le articulaban los brazos. Casi todos los domingos veía la misma situación, con dos sonrisas anchas y sinceras.

Eran cerca de las seis de la tarde, de una tarde de verano. Emiliano se levantó y con una voz suave me dijo, Voy al tobogán, mirá lo que hago. Lo vi irse. Alrededor de él había unos cuantos chicos y unas nenas que jugaban a saltar la soga. Cuando Emiliano subió al tobogán una de las nenas empezó a subir por adelante del tobogán y al llegar a la cima se lanzó antes que él. Vi que Emiliano puso cara de enojado, sin embargo se tiró, eso sí, de espaldas. Llegó corriendo, me preguntó si lo había visto, y se fue de nuevo. En ese momento dos perros se empezaron a pelear, se trenzaron fuerte. Tres personas se acercaron para separarlos pero no había forma. Me levanté cuando vi que uno de los hombres que le tironeaba el pelo al perro tenía sangre en un brazo. Corrí hasta el lugar, y antes de llegar di vuelta la vista y lo vi a Emiliano parado al lado de un arenero mirando lo que sucedía junto con dos nenes más. Algo tenía en la mano, pero no llegué a ver qué. A los perros los separaron con un balde de agua que trajo una vecina a las corridas. El hombre se limpió, y cuando di la vuelta y miré para el lado de los juegos, Emiliano no estaba.

A mi hijo sólo lo veía los fines de semana, y el ir a la plaza era unas de nuestras rutinas preferidas. Con la madre tenía muy poca relación, en realidad la relación que había era pésima. Me daba al nene como si fuese un paquete los sábados a las 10 de la mañana, y yo lo dejaba de nuevo en su casa el domingo a las 9 de la noche. Todas las semanas igual. Los días pasaban en la búsqueda de una respuesta o un consuelo que nunca llegaba. Las noches carecían de buenos augurios a pesar de nuestras “buenas noches” repetidas antes de dormir. Los silencios de risas que no estaban se consolaban con el placer indiscutible de ser papá.

Al lado del tobogán sólo estaba el arenero, y Emiliano no aparecía. Es un nene de seis años, de altura normal, de pelo castaño rubio, ojos marrones, y ese día llevaba una remera roja lisa con un pantalón corto color gris claro. Les pregunté a todos los nenes, incluso a las nenas que saltaban la soga, y todos me decían que estaba ahí, que no lo habían visto irse. Las madres de los demás nenes empezaron a recorrer la plaza, y nadie lo veía. Me invadió la desesperación.

A los 10 minutos aproximadamente de una búsqueda agitada en la que no se podía pensar demasiado, me paré a unos cinco metros del lugar de los juegos. Observé para todos lados. En la plaza había gente pero no tanta. Respiré unos segundos y una idea oscura llegó a mis pensamientos. Salí corriendo hacia la esquina y no lo vi. Lo mismo hice con las tres restantes, y Emiliano no estaba. Corrí rápido hacia la avenida que quedaba a dos cuadras de ahí, llegué a la parada del colectivo y me tranquilizó ver la cantidad de gente que esperaba al colectivo. ¿No vieron a un nene de seis años con remera roja?. Nadie lo había visto. ¿Pasó algún colectivo?, pregunté. Hace hora y media que espero, me dijo un hombre con cara de cansado.

Traté de no pensar mucho, pero la imaginación voló, y en contraposición a lo que mi interior esperaba, visualicé a Emiliano en los peores escenarios posibles. Empecé a llorar.

Volví a la plaza a pasos acelerados. Las madres de los nenes, que ya tenían a sus hijos de la mano o a upa, movían la cabeza de un costado a otro mordiéndose los labios. Llamamos a la policía, dijo una y me palmeó la espalda.

Cuando volví a mí, sí, tuve un tiempo indefinido en donde mi mente se fue sin decir nada, me encontré sentado en la manta, debajo del árbol, con el Hombre araña y el camioncito de juguete.

¡Papá!, escuché cerca, y cuando me di vuelta, Emiliano me sonrió como si nada hubiese ocurrido. Lo abracé tan fuerte que él mismo se asustó. ¿Dónde estabas?, le pregunté sin parar cerca de diez veces, y él no respondía. Lo sacudí, lo zamarreé, lo levanté poniéndole la cara pegada a la mía, y  no respondía. Se lo veía asustado, temblaba. Las personas se fueron acercando y al ver que era mi hijo se iban como si el aire hubiese podido entrar en sus cuerpos de nuevo. Creo que a mí me pasó lo mismo, pero no lo percibí.

Emiliano no hablaba. Lo solté. Se sentó en la manta, agarró al Hombre araña y empezó a empujar al camioncito un par de metros, mientras lo hacía yo me secaba las lágrimas que seguían cayendo solas, como si hubiesen quedado pegadas a los párpados.

Emiliano levantó la cabeza, me miró, estiró los labios con una sonrisa pícara, y señalando a un arbusto de esos que parecen un bonsái enorme, me dijo: Estaba escondido ahí, papá, te vi cómo corrías y cómo me buscaban todos, menos el Hombre araña.

 

Jorge Ezequiel Rodríguez

 

Libros: Rosas blancas (novela, 2015), En la noche de dos lunas (cuentos – poesía, 2015), Como un niño que sueña (poesía, 2016), publicados por Creando Maravillas Ediciones.

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