Desde el costado

Por Jorge Rodríguez

Se corre hacia un costado, lo mira de reojo y se sienta. El pasto húmedo apenas lo moja pero a él poco parece importarle. Está ubicado cerca del lugar protagónico, sin molestar, como un espectador silencioso que sólo intenta comprender lo que ve.

Esa persona, aquel a quien éste mira atento, toma la pelota y la pone en el suelo.

Gutiérrez acomoda el balón. Faltan quince minutos y la chance la tiene él. La gente grita: Gutieeeerrez, Gutieeeeerez, Gutieeeeerrez.

Se para por un momento, asustado por los gritos. Abre los ojos, aprieta los dientes y mueve la cabeza de un lado a otro. Mira la pelota y siente la necesidad de correr esos poquitos metros para ir a buscarla y jugar con ella, sentir ese protagonismo que nunca tuvo y que por una u otra cosa, el encuentro de su felicidad pareciera ser siempre interrumpido por la necesidad de otros. Los ojos se le ponen vidriosos y un recuerdo no tan lejano se adueña de sus pensamientos. Abre la boca, bosteza y vuelve a sentarse. Se acomoda en el pasto húmedo y un escalofrío le hace remover todo el cuerpo.

Gutiérrez levanta los brazos en agradecimiento a la gente que grita más que nunca cuando mira el gesto de él. La cancha estalla y Gutiérrez empieza la carrera final. Patea… dos metros hacia arriba del travesaño.

Los movimientos del ambiente parecen ser silenciados por la predisposición de los presentes que sólo acuden al sonido de una voz y de ese único momento donde el desenlace, a él, le suena conocido.

Con la 10 en la espalda, toma el balón y tira un caño, la pisa hacia la izquierda y pasa a dos jugadores en una sola baldosa. Se frena, pone la mano derecha en la cintura y larga un pase fenomenal que deja solo al 9. Lázaro la recibe, encara… y el arquero se queda con el balón. Quedan sólo ocho minutos y el partido sigue 0 a 0.

Como de costumbre, pierde por unos segundos la concentración del escenario visible, y su vista sigue a una mosca que vuela en círculos a su alrededor. La mira desafiante, con bronca, atendiendo al impulso que lo lleva a levantarse e ir tras ella, pero continúa sentado, calculando todo. La mosca sigue con su vuelo predeterminado que, piensa él, lo realiza con la intención de incomodarlo, sabiendo, ella, que jamás podrá agarrarla. La mosca vuela lejos cuando él se para e intenta matarla. Un grito lo hace mirar de nuevo a la pelota y vuelve a retomar la realidad de lo que sus ojos ven. No comprende realmente qué es lo que escucha pero todo ese escenario, ese lugar, esa acción, la conoce, la conoce casi de memoria.

Cinco minutos finales, la gente estalla en las tribunas. El alambrado se mueve de un lado a otro. Los hinchas cantan como nunca y los jugadores no escuchan ni siquiera el silbato del árbitro. El partido está trabado. 0 a 0.

 Gutierreeeez, Gutierreeeeez, Gutierreeeeez, gritan los hinchas que esperan el milagro de su número 10.

Atrapado por los gritos, concentrado en la pelota que se mueve apenas de un lado a otro en el mismo lugar, mojado sin darse cuenta, esperando atento el grito que lo haga volver a ese rincón indeseable, comprendiendo al fin la necesidad de jugar, de sentir la calidez del momento elegido; se queda sentado. Baja la cabeza, mira al suelo y un nuevo grito atrapa su atención.

Última jugada del partido, quedan sólo segundos para que termine. Gutiérrez lanza un pase que deja solo a Juan y…. ¡penal! El referí pita… ¡penal! Penal cuando ya está el tiempo cumplido. Las miradas apuntan a Gutiérrez que toma la pelota con las manos mostrando que él lo va a patear. Patea y termina. La gente se vuelve loca en las tribunas.

Ya no pudo quedarse sentado. Los gritos hicieron que hasta él se pusiera nervioso. Intentando no ser visto, se fue acercando a pasos lentos hacia la mejor ubicación. Se paró allí, se agachó en pose de ataque y la mosca volvió a volar en círculos a su alrededor. La miró pero enseguida volvió a mirar la pelota, era lo único en lo que estaba atento, esperando que se moviera, y allí, poder cumplir su deseo.

 Gutiérrez mira fijo el arco. El arquero, nervioso, se mueve de derecha a izquierda para molestar la concentración de él. Pero Gutiérrez no le da importancia, sólo mira la red.

Pitazo del árbitro y Gutiérrez corre. Patea…

Cuando la pelota se movió, instintivamente corrió tras ella. La velocidad con la que venía la pelota hizo que no pudiera controlarla. Le pegó en la espalda y salió disparada hacia la maseta, que cayó y se rompió en mil pedazos.

 “Julián dejá de joder y vení a hacer la tarea”.

Paró las orejas y enseguida las bajó. Sin esperar algún reproche hacia él, se dio vuelta y caminó lentamente hacia el rincón, hacia ese lugar que lo esperaba cada vez que el impulso se adueñaba de su mente.

Jorge Ezequiel Rodríguez

(Cuento del libro “En la noche de dos lunas”)

Libros: Rosas blancas (novela – 2015), En la noche de dos lunas (cuentos / poesía – 2015), Como un niño que sueña (poesía – 2016), publicados por Creando Maravillas Ediciones.

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