8M: un movimiento obrero sin fronteras, pero con ovarios.

Por Cecilia Anigstein 

El siglo XXI engendró un nuevo movimiento obrero. Hubo que esperar 17 años para que la criatura se muestre diáfana. Habla una infinidad de idiomas, tiene la piel y el pelo de muchos colores, se lo encuentra tanto en las fábricas como en los hogares o en las calles, lleva niños y niñas en brazos, se embaraza y se emociona hasta el llanto, vende su sexo para ganarse el pan, baila, canta, talla y pinta su cuerpo, muestra las tetas como señal de protesta, se congrega a pesar de las diferencias religiosas, estéticas o políticas, quiere ser libre y no valiente, aunque el amor sea muchas veces un peligro mortal y no una fuente de vida. Sabe que la igualdad no hay que buscarla en la naturaleza, sino en la justicia, y que entre la diferencia y la igualdad se juega un talismán indescifrable y hermoso.
Abraza la vida, la tierra, el agua y la dignidad. Se levanta contra la esclavitud, la violencia, el autoritarismo. Desafía al patriarcado, la explotación capitalista, el fanatismo religioso, el nacionalismo xenófobo. Enlaza un tapiz abigarrado, un patio infinito de mosaicos irregulares, una subalternidad fractal y desbordante. Conjuga en su llamado el cuestionamiento a los pilares que caracterizan a las sociedades contemporáneas. Es una huelga general, es una acción global y es protagonizada por mujeres. Un PARO-MUNDIAL-de MUJERES:
Pero no es una huelga tradicional. Revela dos hechos cardinales. En primer lugar, que el sindicato como forma de organización obrera moderna no puede dar cuenta del trabajo en todas sus formas actuales. Arrinconado y encorsetado por las institucionalidades del siglo XX, no logra sobreponerse a la correlación negativa de sus fuerzas frente al capital ni a la derrota que significó la reestructuración del capitalismo global a partir del último cuarto del siglo pasado. La figura del sindicato por rama de actividad nacional entrenado en el tripartismo y la dosificación de la huelga como instrumento de obtención de conquistas, es un anciano con bastón frente a la estrategia de tercerización y deslocalización de las corporaciones trasnacionales. Pero también frente a las modernas formas de esclavitud y explotación que muchas veces son descriptas bajo el eufemismo de economía informal o trabajo por cuenta propia.
En segundo lugar, un sesgo patriarcal atraviesa históricamente a los sindicatos. Muchas organizaciones sindicales gestadas al calor de los procesos de industrialización fueron reactivas a la contratación de trabajadores inmigrantes y mujeres. Ellos estaban convencidos que las mujeres en las fábricas ocasionaban bajas en los salarios y desocupación masculina. De modo que tradicionalmente los sindicatos y el feminismo han estado reñidos, y no pocas veces abiertamente enfrentados en torno a dos planos: las desigualdades en el ámbito productivo sintetizada en la formula igual salario por igual trabajo y el trabajo invisible de reproducción social, la extenuante jornada de trabajo doméstico y cuidados parentales que mantiene a las mujeres como rehenes del universo de lo privado e individual. El 8M escarba en esa grieta: es una huelga de las mujeres en sus casas y en sus lugares de trabajo. Eso significa literalmente que las mujeres usaran el instrumento obrero frente a los hombres. Sean ellos obreros o empresarios, se verán confrontados y en la obligación de reconocer que el amor, la maternidad y la femineidad tal como la internalizaron en su socialización son disfraces del patriarcado. Aunque centrales sindicales de todo el mundo están sumando sus adhesiones a la convocatoria y planifican movilizarse. Países como Argentina, donde el movimiento feminista lleva más de una década de expansión y ha penetrado a partidos políticos, sindicatos y otros movimientos populares, son una muestra de cuan poco secundaria y marginal es esta lucha. Las tres centrales sindicales han acordado una serie de puntos y participaran en la movilización en una columna unificada. En Uruguay, el PIT-CNT convoca el paro también. No son los únicos casos.
El 8M es mundial, por eso es una jornada histórica e inédita. Se funda en una hermandad global, la de las mujeres, no importa su nacionalidad, idioma, religión, color de piel. Un internacionalismo genuino de nuevo cuño que no merece subestimaciones. Imposible sin internet. Viene a confirmar lo que todos ya sabemos: que las comunicaciones y la información han sido y son hoy más que nunca un factor determinante tanto para la dominación como para la resistencia. Un factor de poder reversible, para la opresión y para la lucha.
Estamos viviendo una etapa de extrema incertidumbre geopolítica. El chauvinismo xenófobo de Trump, las nuevas derechas europeas y latinoamericanos hacen sonar ensordecedoras alarmas que nos reenvían imágenes de atrocidades totalitarias. Condenado a pieza de museo durante el auge de la globalización, el internacionalismo es una construcción urgente, una cuestión de supervivencia para pueblos enteros, especialmente de migrantes y refugiados desplazados por la guerra, el cambio climático o la dislocación económica.
El internacionalismo decimonónico nació como denuncia de un sistema de explotación que no respetaba fronteras, tuvo clivaje clasista y por eso fue principalmente obrero. El nuevo internacionalismo es sin duda heredero de los movimientos que impusieron el 1ero de mayo como jornada internacional de lucha de la clase trabajadora, pero a diferencia de aquél asume al patriarcado como mecanismo de opresión planetario y primario.
Finalmente, el 8M es convocado y protagonizado por mujeres esparcidas por todo el planeta. Las demandas son tan semejantes, los motivos tan compartidos, las vivencias y biografías tan familiares, aun en contextos geográficos, sociales y políticos tan distantes, que en las últimas semanas, me animo a decir, cientos de miles de mujeres de todas las latitudes están rompiendo a diario los cuencos que resguardan intactas las bases ancestrales de la opresión y explotación. Abajo el patriarcado, arriba las que luchan.

 

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