Propinas

Esa tarde había decidido tomar algo, una cerveza. No fue la sed la que me movilizó sino la necesidad de relajarme, de pensar, de intentar ordenar lo que en mi cabeza se desbordaba. También quería fumar, y fue por eso que elegí ese bar. Me senté en una mesa de plástico en la vereda, esas que tienen un agujero en el medio para una sombrilla que esa vez no estaba. La silla era de la misma especie, con esa lona que nunca sabés cuánto resiste. Llegó el mozo y le pedí una de litro, me puse contento cuando vi que el vaso tenía ese frío preparado de congelador. ¿Maní?  le pregunté y el mozo negó con la cabeza. Se fue con una sonrisa, no sé si sorprendido o me habrá pensado un estúpido. Seguramente la segunda opción era la correcta. No le di importancia.

Cuando me servía el segundo vaso me trajo el cenicero que le pedí veinte minutos antes. Ya había apagado un pucho en el suelo. Cuando el mozo se fue, como corriendo su cuerpo para darme la visual de la calle, vi a un pibe sentado en la vereda de enfrente, con la espalda apoyada sobre la pared de una casa, una pared tipo paredón, de ladrillos pintados de blanco. El pibe miraba para todos lados, no tenía nada encima, ni mochila, ni celular, no se le veía nada. Lo que sí la ropa  era precaria. Pantalón roto a la altura de las rodillas y una remera que debería tener muchos más años que él, que no pasaba de los 16. Se lo notaba atento a cada cosa que pasaba, un auto, una pareja caminando, un perro que pretendió caricias y se fue entendiendo la indiferencia. El pibe miraba todo. No le llegaba a ver bien la cara, ni los ojos, pero me daba cuenta porque movía la cabeza rápido como si estuviese esperando que alguien lo nombre, o que alguien aparezca. Yo iba por el segundo vaso, y el tercer cigarrillo. El ordenamiento de mi cabeza no fue primordial, la reflexión, si se puede llamar así, puso el foco en ese pibe. Se lo veía muy nervioso. De a ratos se paraba y se volvía a sentar, se tocaba los bolsillos, se sacudió fácil treinta veces la nariz, frotándosela, como para sacarse un moco, no lo sé, el gesto era extraño y continuo. De repente el pibe empezó a mirar para el bar, ya lo había hecho bastantes veces, pero ahora miraba fijo, y también abría el panorama, me miró a mí, a las otras mesas, levantó el cuello como si quisiera mirar para adentro y observó muchísimo al mozo, lo tenía como en la mira. Yo por mi parte ya había terminado el litro y pedí otra. El mozo me cambió el vaso. Cuando me lo servía lo vi venir. El pibe venía embalado. Me asusté. Pero se frenó de golpe. Se sentó en el cordón de espaldas a las mesas, y giró la cabeza para ver. Yo tomé el primer trago sin poder dejar de mirarlo. El pibe volvió a mirar a las mesas. Vi que su espalda se hinchó como respirara profundo o suspirara, algo así fue. Una parejita que estaba en una mesa cercana se levantó. El pibe los vio. Dejaron algo en la mesa, yo les presté atención porque vi que el pibe les clavó la mirada. Miré para adentro del bar y vi que el mozo estaba de espaldas a nosotros. El pibe se paró, caminó rápido a la mesa, manoteó algo y salió corriendo. En ese momento el mozo pegó un grito de adentro. Yo me paré, y vi al pibe que corría para el lado de la avenida, que estaba a una cuadra. Se robó la propina, pensé.

–Otra vez estos hijos de puta – gritó el mozo apenas salió a la vereda. –Correlo, ahí está – volvió a gritar con el dedo señalando al pibe. Un policía, de la otra vereda, la que yo no podía ver, salió disparado para atraparlo. Todos los que estábamos en el bar nos fuimos para la calle a ver la secuencia. El pibe se dio vuelta,  vio al policía, y aumentó la velocidad. El poli, vestido de azul, y con más de 100 kilos, trotaba transpirando como si corriera los 200 metros llanos. Cuando el pibe llegó a la avenida, mi corazón empezó a latir fuerte. El pibe frenó y se quedó unos segundos como dando pequeños saltitos, el semáforo estaba en rojo para cruzar, y los autos pasaban muy rápido.

–Quedate ahí – gritó el policía, y el pibe cruzó.

Cruzar es una forma de decir. Salió corriendo y lo primero que vio fue el parabrisas de un auto que le estrelló la cabeza. Su cuerpo rodó por el cemento. El policía lo vio y se quedó duró. Yo me agarré la cabeza.

-Este no jode más – dijo el mozo.

Llegué a ver que dos o tres sonrieron asintiendo lo que ese sujeto decía. Desde ahí se me borró una parte del tiempo. Cuando volví a mí, yo estaba arriba del patrullero, con sangre en las manos. Y vi dos ambulancias. Una donde el pibe, y la otra en el bar.

Jorge Ezequiel Rodríguez

Libros: En la noche de dos lunas  (cuentos-poesía – 2015), Rosas Blancas (Novela – 2015), Como un niño que sueña (Poesía – 2016), publicados por Creando Maravillas Ediciones.

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