En la noche de dos lunas

Por Jorge Rodríguez

Todo pasó de golpe. Algunos dijeron que algo se había advertido, pero tal vez mis caminatas nocturnas, esa soledad que uno adquiere según los momentos, el vivir en la calle, o vaya a saber qué, me mantuvieron al margen, no lo sé. Algo oí al pasar antes de esa noche, pero no le di importancia. –Desde lejos viene, desde el otro lado del mundo- decían. Lo cierto es que después de esa noche nada fue igual. El pueblo cambió, la gente es como si se hubiera convertido en raros vampiros, o en seres que ya no querían relacionarse. Las calles pasaron a ser solitarias.

Lo recuerdo bien, fue extraño. Todos los días cerca de las 12 de la noche yo caminaba por la calle principal hasta el puente. Esa noche demoré un poco, se ve que algunas distracciones nocturnas jugaron su partida, pero lo cierto es que sin darme cuenta llegué. Bajé hasta la orilla del río y allí me senté, como de costumbre. Prendí un cigarro, me tiré hacia atrás, y volví a contar a las estrellas, como estábamos acostumbrados en el pueblo. No recuerdo bien por qué número iba cuando descubrí el milagro. Estaban ahí, las dos acomodadas. Dos lunas. Quedé acostado sin poder hablar, ni gritar, ni nada parecido. Estático, rígido, espalda al suelo, las contemplé. Una igual a la otra. Allí las dos, únicas.

Pasé aquella noche sin poder pensar en otra cosa. Mirándolas, enamorado como niño, caí en la sombra de sus cuerpos, me dormí, y soñé con ellas. El sol pegó fuerte esa mañana y me despertó rápido. Me levanté con el pasto pegado en la espalda, con un brazo dormido y la mente media confusa. Caminé de vuelta al pueblo y al llegar me encontré con la gente en las calles. Parecían celebrar algo. Ahí me di cuenta que no había sido un sueño. En el conteo de las estrellas era imposible no verlas. Las dos lunas eran una realidad y la gente festejaba esa bendita y única imagen. Salté, levanté los brazos y comencé a correr.

 

Las vieron, las vieron, estaban ahí, las dos lunas señores, un milagro, ¡qué milagro! –Grité y nadie se dio vuelta. – ¿Me oyen, ustedes también las vieron? Dos lunas, dos lunas.- Y nadie me miró.

Caminé despacio hasta acercarme a ellos. La gente en la calle saltaba, reía, se abrazaba. En los primeros murmullos que oí no hablaban de ninguna luna. Recuerdo bien que un hombre parado en el techo del Bar de Julio gritaba –Llegó, por fin llegó, ahora sí estamos en el primer mundo, estamos conectados.

No entendí de lo que hablaban. Me acerqué a uno de los muchachos del Bar, que con cara de borracho melancólico miraba a la nada.

-¿Las viste Manuel, las viste a las lunas, a las dos, viste el milagro?

Me miró y sonrió. -¿De qué lunas hablás? el pueblo es de primer mundo, ya no miramos hacia arriba, ya no nos entretenemos con estupideces. ¿Dónde estabas anoche? venite a casa, dejate de joder.

-Pero las lunas… –dije y enseguida me interrumpió.

-¿De qué luna hablás? Yo la tengo a la luna en mi casa si quiero.

No entendía nada. Seguí caminando y noté cómo la gente festejaba algo que a mí no me pertenecía, o que nadie me había contado.

Al mediodía todos entraron a sus casas apurados y no salieron hasta pasada la tarde. A la noche, la primera noche después del milagro, el pueblo se vació. La soledad ya era parte de paisaje. Caminé, cerca de las 12 de la noche, hacia el puente, eso sí, no miré hacia arriba hasta bajar a la orilla. Con más atención que de costumbre, y sorprendido por aquello de lo que hablaban, vi que en las casas también había silencio, de repente gritos, de repente silencio. Pero la sorpresa fue otra. Ya era tarde y en todas se veía luz, estaban iluminadas. Se me vino a la cabeza  eso que había dicho Manuel, pero nadie podía tener una luna en su casa, era imposible. Seguí caminando y casa por casa noté la iluminación, el silencio, las risas. Llegué al puente, bajé a la orilla del río y miré hacia arriba. Las dos lunas estaban ahí.  Estiré los brazos, suspiré, me dormí, y soñé con ellas.

Durante tres noches las dos estuvieron en ese oscuro escenario. Tres noches de milagro. Ellas y yo como parte de un ritual.

Así fueron pasando las primeras mañanas eufóricas,  los mediodías y tardes de soledad, las noches de casas iluminadas extrañamente, y yo al margen, caminando como de costumbre.

Al tiempo pude comprender que yo solo había visto a las dos lunas. Yo solo pude contemplar el milagro, caer en esa hermosa imagen que se mantuvo en esas tres inolvidables noches. Fui el único que no fue partícipe de eso que había llegado, de eso que llamaban “avance”,  “progreso”, aquello insólito que llegó para quedarse. Yo sólo seguí caminando, nunca pregunté más nada que la pregunta que hasta hoy se mantiene en mi interior, ¿por qué aparecieron esa noche? Seguí sonriendo sin mirar hacia atrás, sin mirar que los bares se cerraban, que a las estrellas ya nadie las miraba, que el parque vivía vacío, que las conversaciones se extinguían, y que el pueblo nunca más fue el mismo. Solo, cada noche, llegaba al puente, bajaba a la orilla y las esperaba ver.

Nunca más volvieron.

Jorge Ezequiel Rodríguez

 

Libros:  Rosas Blancas (novela, 2015), En la noche de dos lunas (cuentos-poesía, 2015), Como un niño que sueña (poesía, 2016)

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