Si el ajuste tiene cara de mujer, la resistencia también

Por Nadia García*

La tarea de masificar la convocatoria del 8 de marzo como una fecha de lucha del conjunto de mujeres, trans, travestis y lesbianas, no se realizó en campo de la reflexión individual, sino que se llevó a cabo en el seno de un colectivo diverso y heterogéneo, que logró poner en crisis los compartimentos estancos en donde se pretende encasillar todas estas batallas colectivas, y todas las corporalidades.

Las que llenamos las asambleas y copamos las calles, con nuestro cuerpo, nuestro proyecto político y nuestro arte, las que vamos a pegar en las paredes nuestros reclamos, somos las mismas que transitamos a diario todos esos lugares comunes en donde se niegan a vernos y oírnos. Estamos ahí, aunque a muchos les parece que no estamos, que asomamos la cabeza ante la oportunidad del calendario. Nos acusan de autoritarias, de irrespetuosas, o nos critican las formas con las que defendemos lo que deberían ser pilares indiscutibles de cualquier democracia: nuestra vida, nuestro trabajo y nuestra libertad.

Al hablar de nuestra vida, se nos vienen a la cabeza las miles de fotos que circulan durante el año con los rostros de las que ya no están. Asesinadas por sus parejas, por sus ex, por el macho que no toleró una negativa, ni respetó una perimetral. Exterminadas por ser mujeres, torturadas por ser lesbianas, odiadas por ser travestis, borradas del mapa por su identidad trans.

El índice de violencia machista en el país, pese a no haber dado muestras de reducirse, habiéndose cometido 13 femicidios tan solo en la primera quincena del 2018, sí parece haber perdido la batalla contra la invisibilización. Muchos de esos crímenes del patriarcado, hubiesen pasado desapercibidos, bajo el rótulo de crímenes pasionales, o hubiesen sido un mero instrumento para engrosar las estadísticas de la inseguridad, tan solo algunos años atrás. El movimiento feminista logró poner de manifiesto la ancestral teoría de propiedad sobre los cuerpos feminizados que justifica la violencia física, sexual, psicológica y económica ejercida por muchos varones. Nosotras sacamos de abajo de la alfombra, la suciedad machista ocultada con la complicidad de periodistas, funcionarios, jueces, policías y amigotes.

La organización popular fue ganando pequeñas batallas contra el silencio impuesto durante siglos, y la hegemonía mediática no pudo ya hacer oídos sordos ante la catarata de denuncias, la visibilidad resultante del fenómeno de las redes sociales, y la sororidad de un “boca en boca” dispuesto a romper los cercos del silencio. El empuje del movimiento feminista en las calles, obligó a los más tradicionalistas comunicadores de la Argentina, a acercarnos el micrófono a quienes, desde hace siglos, venimos denunciando el abuso de poder jerárquico como mecanismo para silenciar el acoso sexual que para nadie es sencillo reconocer, judicializar y enfrentar, puesto que en esto también, a muchas trabajadoras se les juega el sustento económico.

Adolescentes, adultas y mujeres de la tercera edad son parte de este debate, son los cuerpos movilizados. Desde los centros de estudiantes, los sindicatos y los centros de jubiladas, sus integrantes tomaron la palabra en las distintitas reuniones zonales en todo el país. Las trabajadoras estatales, y las del ámbito privado, que pelean por sueldos dignos para ellas y también para sus compañeros, no descuidaron ninguno de sus ámbitos de lucha para unirse a los preparativos del 8 de marzo.

Maestras, estudiantes y trabajadoras de la educación, pusieron también su voluntad en este colectivo, como lo hacen día a día, durante todo el año. Las que buscan a las hijas que les robó la trata, las que pelean una tenencia frente a un poder judicial que siempre inclina la balanza a favor de los varones. Decenas de despedidas, en representación de las miles que día a día pierden su fuente de ingresos, dieron cuenta del brutal ajuste que lleva adelante el gobierno, y la doble vulnerabilidad a las que están sometidas las jefas de hogar. Las travestis, en el mismo sentido, pero desde una realidad todavía mucho más precaria, dieron cuenta de una contexto que todavía se niega a incorporarlas al mercado laboral formal, tanto en el sector privado como en el público, que, en sus momentos más democrático, apenas había comenzado a incorporarlas en las dependencias estatales relacionadas a la defensa de los derechos de lo que el sistema se empeña en catalogar como “minorías”. Como si por su identidad, no pudieran dedicarse a otra cosa.

Las desempleadas, las precarizadas, y quienes ejercen su profesión o su arte de forma autónoma, como herramienta para combatir el hambre que avanza sin pausa por todo el territorio, también sumaron su reclamo de ser reconocidas como trabajadoras, frente a un sistema que le niega sus derechos previsionales, y de seguridad social. Las asambleas de mujeres, trans, travestis y lesbianas, son un espacio en donde la única exclusión es hacia el patriarcado.

Al agudizarse la exclusión económica, política y social, y mientras se estrechan los márgenes del mercado laboral y disminuyen los mecanismos de acceso a mejores condiciones de vida en la Argentina, el modelo de gestión implementado por el gobierno es un ataque directo a los sectores más débiles del sistema. Lo hemos dicho muchas veces, pero nunca está de más recordarlo: la vulnerabilidad de estos grupos no está dada por sus características intrínsecas o por la esencia de su naturaleza, sino por la resultante de la propia desigualdad que este gobierno vino a acentuar y agrandar.

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*Abogada, militante feminista, integrante del Colectivo Oveja Negra.

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